La Peligrosa

Navalmoral, barrio a barrio

La Peligrosa

El Cronista Oficial continúa su recorrido por la historia de los distintos barrios moralos

Noticia de Domingo Quijada González

La Peligrosa

En la zona se mezclan nuevas edificaciones con viviendas casi en ruina

La Peligrosa realmente no ha constituido nunca una entidad propia como barrio, sino más bien se le ha adjudicado una denominación informal como tal para diferenciar a ese sector urbano de otros de la localidad, ya sean contiguos o más alejados. Y hago esa matización pues, desde sus orígenes más remotos, surgió como una prolongación septentrional de la Plaza Vieja, germen del municipio.

A medida que ese asentamiento inicial comienza a expandirse, sobre todo a partir del siglo XV, las edificaciones posteriores siguen dos direcciones predominantes. Las clases sociales más acomodadas -como agricultores, ganaderos y artesanos fundamentalmente- tomarán la ruta meridional, hacia la iglesia de San Andrés y el Camino Real; mientras que los grupos más desfavorecidos, jornaleros en su mayor parte, ocuparán el espacio peor cotizado situado en sentido contrario del anterior, hacia el área septentrional.

Esa peor valorización del terreno tenía su explicación -y de ahí derivaría el apelativo que recibiría-, ya que era el lugar más insano del pueblo al estar bordeado por el arroyo Casas en sus límites orientales, mientras que el de la Quebrada, o la Sensa, no quedaba muy lejos por el oeste, con las corrientes húmedas invernales y los charcos a finales de la primavera de consecuencias palúdicas y otras enfermedades.

Más adelante, ya en el siglo XIX y durante la Guerra de Independencia, cuando se crea el primer cementerio fuera de los templos en el extremo norte del barrio (la primera fase en 1810 y la segunda en 1821, hasta que se clausura en 1892), la peligrosidad del arrabal se incrementaría, puesto que existen numerosas reseñas en las actas municipales acerca de las escasas atenciones que el municipio tenía con el camposanto, lo que daba lugar a las quejas del vecindario. Esos condicionantes físicos, unidos a los socioeconómicos, originaban que la mortalidad -sobre todo la infantil- fuera muy elevada en ese suburbio, lo que se observa claramente en los Libros de Defunciones parroquiales y del Registro Civil.

La falta de trabajo, ya que había, a lo sumo, tres o cuatro meses al año y casi siempre en tareas agrarias, y la miseria que ello acarreaba repercutía lógicamente en las reivindicaciones sociopolíticas de sus habitantes, muchos de los cuales buscaban en el anarquismo y otros partidos de izquierda la solución a sus ansias y necesidades, casi nunca satisfechas. La pobreza de su gente se proyectaba en la fisonomía de las viviendas, pequeñas y mayoritariamente de una o dos plantas. Además, presentaban llamativas deficiencias y carencias básicas, tanto constructivas como de habitabilidad.

En el conocido mapa de Francisco Coello, de mediados del siglo XIX (1854), ya aparece bien delimitado: por un lado (occidente), la actual calle Calvo Sotelo -o del Hospital antes- aunque el sector primitivo estaba demarcado por la antigua calle Norte (hoy Isabel la Católica), popularmente conocida como “calle de los muertos” al transitar por ella los entierros camino de los cementerios, antiguo y actual; al sur, la Plaza Vieja (o de la Villa, o Topete, ahora León Sánchez); al saliente, el arroyo Casas (posterior calle Jenaro Cajal); y al norte el citado primer cementerio, sobre el que en 1928 edificarán el popular colegio de la vía (o González Serrano, Primo de Rivera, Escuela Hogar o Residencia de Educación Secundaria….).

Determinado por la orografía del terreno, las calles longitudinales tienen orientación meridiana y son las más largas, como Floridablanca, Jovellanos, Hernán Cortés o Isabel la Católica, mientras que las transversales son cortas, como Quintana, Velascoaín, Arlabán, Peracans, etc.

Primeros negocios

Dada la proximidad de la mencionada y primitiva Plaza de la Villa, donde se celebraban casi todos los actos públicos, como mercado, bailes o vaquillas, y unido a la economía casi de subsistencia que predominaba entre sus vecinos, en los primeros siglos no contaba con ningún servicio de atención a su vecindario.

Sin embargo, cuando la vida pública y social se traslada hacia los alrededores de San Andrés, Plaza de España y carretera, a la vez que la economía suelta algunos lastres del pasado, surgen modestas industrias relacionadas con el comercio o el ocio, así como pequeños artesanos.

De ese modo, al alborear el siglo XX ya encontramos los primeros establecimientos en la zona, como el famoso baile del “tío Quintín” (Quintín Martín), ubicado en la calle Norte y que ya existía en 1906. A él acudían los jóvenes más humildes de esa u otras barriadas, como la cercana del Cerro, y la música brotaba de un antiguo manubrio que su propietario manipulaba reiteradamente.

Posteriormente abrirían algunas tabernas, como las de José “El Cojo”, Juan Mateos (“El Mudo”) o la pitarra de “El Torero”, el bar y tienda de “El Moreno” (más tarde de “El Coli”); o comercios como el que hubo en la calle Jovellanos (Félix Porras) o el de los “Pintado” (y después de “El Cholilla”, cerca de Jovellanos).

En los últimos años este espacio está cambiando notablemente. Y así, en el aspecto constructivo se entremezclan las antiguas moradas, muchas de ellas abandonadas o ruinosas, con edificaciones modernas. Mientras que en el ámbito humano, los descendiente de los antiguos moradores conviven con otros vecinos y etnias asentados en las últimas décadas.

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